lunes, 13 de junio de 2011

El cambio que no se puede defraudar

¿Y usted por quién va a votar le pregunté en la primera vuelta a un taxista en Trujillo? Por el cambio, respondió. Igual comentario obtuve de otros taxistas en Chiclayo, Chimbote y en Lima. En la segunda vuelta hice la misma pregunta y la respuesta fue similar. Algunos relataban con alegría cómo habían convencido a sus familias para votar por Humala. Hay personas que viajaron a sufragar pese a que pagar la multa les era más barato. Tenemos la carta de una lectora que nos dice cómo su padre de 90 años decidió votar porque “ya es tiempo que cambie el país”. Ahí está una de las claves del triunfo de Ollanta. Los peruanos vieron en él la esperanza de un cambio.
Es ese mensaje el que no puede defraudar. Recibe un país en crecimiento, pero al otro lado de ese discurso que cada día vende Alan García está la insatisfacción acumulada por millones de familias. Basta mirar el mapa electoral del Perú para confirmar esta realidad. Y el cambio no tiene que ver, como intentaron hacer creer la derecha y sus voceros, con estatización de las empresas privadas, terminar con las universidades privadas, incautar los fondos de las AFP o cambiar la Constitución para reelegirse a lo Chávez.
El cambio que las mayorías reclaman tiene que ver con su vida, con la educación que reciben sus hijos, con la imagen de políticos honestos y no soberbios. Sinesio López ha escrito que Ollanta debe aplicar un shock en salud, educación y seguridad. Terminar con el maltrato a los asegurados en los hospitales (no por el personal sino por el sistema): falta de camas, medicinas, citas médicas que se dan después de un mes y en donde los familiares tienen que tomar hasta por asalto una camilla para que su paciente no siga más postrado en emergencia sin recibir atención. Si es así en Lima o en capitales de región, imaginemos cómo será en lugares alejados.
Poner en marcha su promesa de una revolución educativa. ¿Por qué la educación pública tiene que ser de menor calidad que la privada? No existe ninguna justificación. Es un crimen. En otros países la educación pública es mejor que la privada. Hay que avanzar a un Estado en donde todos los niños tengan las mismas oportunidades de desarrollo, la misma calidad de educación y reciban similares conocimientos. El resto dependerá de su habilidad o inteligencia. Nada justifica que mientras las cifras de la economía estén en azul y se diga que hemos crecido más que los vecinos, nuestros niños altoandinos se mueran de hambre y de frío. Otra batalla por ganar es terminar con las coimas en el sistema judicial. El Dr. San Martín es un magistrado honesto pero hacia abajo los expedientes se siguen moviendo según la propina que suelte el litigante. Igual en seguridad: el pandillaje, la delincuencia, la criminalidad se han instalado en las calles. El Perú que recibe Ollanta es un país en ebullición social. Tan pronto se instale tendrá conflictos que le demandarán su atención como los de Bagua, Doe Run, Majes- Siguas II y así hasta llegar a los 227 que registra la Defensoría del Pueblo, incluido el que se vive hoy en Puno. El nuevo presidente tendrá además que comenzar cumpliendo con promesas que fueron bandera en la campaña: el combate a la corrupción, al narcotráfico, a los rezagos del terrorismo, la Pensión 65, SAMU, atención domiciliaria ambulatoria, Cuna Más, desayunos escolares y terminar con los services y los CAS en el Estado.
Todo ello es una tarea de titanes, pero lo peor que le puede pasar es terminar arropado por la derecha, por los que ayer lo condenaban y que ahora lo aplauden y que le piden que el Estado siga siendo como hoy: sin capacidad de intervenir en los monopolios que imponen el abuso en sus tarifas o que no pueda invertir individualmente o en sociedad con la empresa privada, como ocurre en otros países, porque eso, dice esa derecha, es “violar” la Constitución y el modelo económico. No quieren que se hable del rol subsidiario del Estado ni se toque el art. 60 de la Carta fujimorista. Ollanta tiene una responsabilidad histórica y lo sabe. Por lo menos, así lo deja ver en la entrevista que le concedió a Ana Núñez, de La República, en la que afirma que no son las elecciones las que han dividido al país. “Son  divisiones históricas generadas por el centralismo limeño, la desigualdad entre una costa moderna y una región amazónica y otra altoandina, son los bolsones de la desnutrición”. Le tomamos la palabra. 

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